Desde ese pináculo de la ciencia, como lo fueron sus escritos y su contribución con la Máquina Diferencial, la trayectoria de Ada no hizo más que descender. Siendo como era una persona rebelde, tenía un carácter fuerte e impulsivo. Se acallaron una serie de amoríos con varios caballeros amigos suyos, y su esposo hizo destruir un centenar o más de cartas suyas comprometedoras.
La afición por el vino se le fue de las manos, y también se abandonó al opio. Se convirtió en una jugadora empedernida y a su muerte dejó importantisimas deudas.
Su salud, que nunca había sido buena, empeoró, y murió de cáncer con treinta y seis años. Hasta el final, su mente se mantuvo activa y su inteligencia aguda. Aprehendía por intuición la imagen global al tiempo que dominaba los más nimios detalles.
En 1843, Babbage la resumió así: «Olvidad este mundo y todos sus problemas y a ser posible la multitud de charlatanes: todo en suma menos la Encantadora de Números». Nada le hizo nunca cambiar de opinión.
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